Culpa, cartas con el papa Francisco y una nueva vida en la Iglesia anglicana

Daniel Genovesi y Mercedes Tarragona fueron sacerdote y monja en la Iglesia católica. Se conocieron en actividades parroquiales en el sur santafesino, se enamoraron cuando aún vestían hábitos y decidieron dejar el clero para apostar por una relación que, en su contexto, parecía imposible. Tres décadas después, viven en Emporia, Kansas (Estados Unidos), tienen dos hijas y continúan juntos, tras un recorrido marcado por el silencio institucional, la culpa y la reconstrucción personal.
La historia comenzó en la adolescencia. Daniel, oriundo de Venado Tuerto (Santa Fe), ingresó al seminario en 1981 y fue ordenado sacerdote el 12 de octubre de 1990. Mercedes, nacida en Gualeguaychú (Entre Ríos), entró a una congregación religiosa a los 13 años y tomó los hábitos a los 17, en Avellaneda (Buenos Aires).
El encuentro y el conflicto interno
Se conocieron en mayo de 1991, en una fiesta parroquial en Firmat, a 60 kilómetros de Venado Tuerto. Él tenía 26 años; ella, 22. Comenzaron a trabajar juntos en proyectos pastorales con jóvenes y, sin buscarlo, el vínculo fue creciendo.
Ambos reconocen que tardaron en identificar lo que sentían. La formación religiosa priorizaba el deber por sobre la emoción. “La cabeza por encima del corazón”, resume Mercedes. Daniel admite que durante un tiempo intentó relegar lo que sentía, convencido de que su vocación sacerdotal implicaba el celibato definitivo.
El punto de quiebre llegó entre fines de 1991 y comienzos de 1992, durante encuentros pastorales y misiones en Rufino (Santa Fe). Las miradas, las conversaciones y un primer gesto mínimo —un roce de manos— encendieron alertas dentro de la congregación de Mercedes. Ella comenzó a ser cuestionada y, según relata, sometida a aislamiento dentro de la comunidad.
La salida de los hábitos
Mercedes dejó la vida religiosa tras diez años. Describe su salida como abrupta y sin acompañamiento. Fue enviada a cambiarse, devolver sus pertenencias y retirarse sin despedidas. Luego atravesó una etapa de culpa y desorientación, con la sensación de haber traicionado una promesa.
Daniel renunció al ministerio sacerdotal en noviembre de 1993. Intentó dialogar con superiores sobre su situación, pero sostiene que no encontró contención. Incluso, según su testimonio, un obispo habría intentado persuadirlos para que se distanciaran. Finalmente comunicó su decisión de abandonar el clero y comenzar una vida junto a Mercedes.
La noticia tuvo repercusión en medios locales. En una región donde la figura del sacerdote tiene fuerte peso social, el caso generó comentarios y estigmatización. Ambos coinciden en que, tras dejar la Iglesia, experimentaron una suerte de “borramiento”: dejaron de existir para la estructura institucional.
Empezar de cero
En 1993 alquilaron un pequeño departamento en Venado Tuerto y realizaron una ceremonia íntima. En abril de 1994 se casaron por civil y, años más tarde, celebraron una boda en la Iglesia anglicana.

Daniel estudió Psicología y realizó un posgrado en Recursos Humanos. Mercedes se formó en Ciencias de la Educación y actualmente trabaja como counselor. Tuvieron dos hijas, María Carla y Camila, hoy adultas.
La transición no fue sencilla. Ambos reconocen que debieron reconstruir habilidades sociales, redefinir su espiritualidad y aprender a vivir la intimidad de pareja luego de años en estructuras religiosas rígidas. También atravesaron un duelo personal por la pérdida de un bebé prematuro en los primeros años de matrimonio.
Un nuevo camino espiritual y el intercambio con el Papa
Con el tiempo, Daniel se incorporó a la Iglesia anglicana. Fue párroco en Hurlingham (Buenos Aires), luego obispo en Uruguay y actualmente cumple funciones en la diócesis episcopal de Emporia.
En marzo de 2013, una semana después de la elección de Francisco como Papa, Daniel le escribió una carta expresando el dolor de muchos exsacerdotes que dejaron el ministerio y se sintieron marginados. Meses después recibió una respuesta. Ese intercambio epistolar fue publicado en el libro Querido hermano.

Según relata, la respuesta del Pontífice reconocía la problemática y la necesidad de buscar caminos. Para Daniel, ese gesto fue simbólico pero significativo en su proceso personal.

Mercedes, por su parte, se define hoy como una persona espiritual que colabora con la Iglesia anglicana en actividades con mujeres y desarrollo personal. Destaca la posibilidad de servir en distintos momentos de la vida sin que el retiro sea considerado traición.
“Lo imposible puede hacerse posible”
En su novela autobiográfica El silencio de los ángeles, Daniel definió su historia como la de un “amor imposible”. Tres décadas después, relativiza esa idea: sostiene que lo central no es la duración sino la coherencia con lo que se siente.
Hoy, a los 61 y 57 años respectivamente, afirman que el amor persiste, transformado por el tiempo y la experiencia. Su historia —atravesada por fe, conflicto, ruptura institucional y reconstrucción— sigue generando interés porque interpela estructuras tradicionales y plantea preguntas sobre vocación, libertad y espiritualidad.
Investigación Infobae


