
Una noche de invierno, en Villa Mercedes, alrededor de cincuenta jóvenes esperaban para escuchar a Almafuerte. La banda había llegado de gira, con los equipos a cuestas y muchas horas de ruta encima. El lugar era un galpón y había una pequeña cocina. Mientras llegaba la hora de tocar, Claudio “Tano” Marciello y Ricardo Iorio encontraron otra manera de compartir con quienes se habían acercado: consiguieron harina, tomaron una sartén y se pusieron a hacer tortas fritas.
“Nos pusimos a comer tortas fritas con los muchachos hasta que llegó la hora de tocar”, recordó el guitarrista.
Muchos años después, aquella escena volvió durante su paso por “La Entrevista de Hoy”, en Resistencia Cultural. Entre tantos escenarios y kilómetros, Marciello conserva el recuerdo de ese encuentro sencillo: músicos y seguidores conversando, comiendo juntos, esperando las mismas canciones.
El motivo de la charla era su próxima presentación en San Luis. Este sábado 17 de octubre, CTM llegará a Roma Multiespacio para conmemorar a Almafuerte. Pero la conversación fue encontrando sus propios caminos. Durante 36 minutos, el Tano abrió recuerdos de infancia, habló de su familia y contó cómo se sostiene, después de más de cuatro décadas, la decisión de seguir haciendo música.
Una promesa de su abuela
Mucho antes de las giras, hubo un chico que pedía guitarras prestadas.
Su abuela materna, una inmigrante italiana, observaba ese entusiasmo. A él le gustaban los Beatles y podía pasar mucho tiempo con un instrumento entre las manos. Ella advirtió que aquella pasión merecía una oportunidad y le propuso un trato: si pasaba de grado, le regalaría una guitarra.
El chico cumplió. Su abuela, también.
Así llegó su primera guitarra criolla. Después vendrían los instrumentos eléctricos, el trabajo en una carpintería para poder comprar uno propio y una compañera de madera y cuerdas que terminaría acompañándolo durante buena parte de su carrera: esa guitarra negra cuyo sonido quedó registrado en tantos discos.
Al mirar el recorrido que comenzó entonces, Marciello encuentra una certeza.
“Lo que más rescato es que no dudé en ningún momento en continuar desde el primer momento que decidí hacer esto”.
Hubo otros trabajos, responsabilidades y una familia que fue creciendo. La música siguió ahí, formando parte de su vida cotidiana y de sus decisiones.

Los caminos que construyeron a Almafuerte
Cuando recordó los comienzos con Ricardo Iorio, habló de una conexión inmediata. Ambos venían de sus propias experiencias y compartían la pasión por la música pesada. A partir de ese encuentro empezaron a construir una obra que encontraría su lugar en la historia del rock argentino.
Para llegar hasta allí hubo que cargar equipos, alquilar micros, armar y desarmar. Marciello recordó clubes y galpones con instalaciones precarias, problemas eléctricos que debían resolver sobre la marcha y viajes en los que el presupuesto no alcanzaba para un hotel.
Las estaciones de servicio eran una parada para comer, bañarse y seguir. A veces compraban carne y buscaban dónde encender un fuego. En una de aquellas giras, el viento les impidió preparar un asado al costado de la ruta y terminaron pidiendo permiso para cocinar en una estación.
Así viajaban las canciones antes de llegar a los escenarios.
Según recordó el guitarrista, con A fondo blanco crecieron la convocatoria y las posibilidades de trabajar en mejores condiciones. Llegaron los micros con cuchetas, el descanso y los hoteles. Pero aquellas primeras experiencias permanecieron en su memoria, junto con los rostros de quienes se acercaban a escucharlos.
Entre ellos, los muchachos de Villa Mercedes que compartieron las tortas fritas.

Volver a esas canciones
Octubre ocupa un lugar especial en su calendario. Es el mes en el que murieron Iorio y el baterista Bin Valencia, y también el momento que Marciello eligió para realizar las conmemoraciones de Almafuerte.
“A mí me interesa reivindicar a Almafuerte”, expresó.
La propuesta que llegará a San Luis recorre una obra de la que él fue parte fundamental. Cada año vuelve sobre ese repertorio, recupera canciones que habían quedado afuera y prepara nuevas maneras de encontrarse con ellas.
Para Roma Multiespacio anticipó un recital extenso, una puesta escénica especialmente preparada y un momento acústico que describió como “muy emotivo”.
En esa tarea también lo acompaña su hija Melina Marciello, baterista de CTM y de estos conciertos conmemorativos. Al hablar de ella, el Tano destacó su trabajo con la mirada de un músico que conoce lo que requieren esas canciones. Compartir escenario con su hija es, además, una de las formas en que su historia familiar y su vocación siguen creciendo juntas.

“Somos todos acá del barrio”
Marciello habla de independencia desde las decisiones concretas que toma para trabajar.
Explicó que el concierto en San Luis se organiza mediante un acuerdo a porcentaje con la producción local. Esa forma de hacerlo le permite involucrarse en las condiciones del encuentro y buscar entradas a un precio que facilite la participación del público.
Detrás de la propuesta hay personas cercanas, contactos que se fueron construyendo y un equipo que se pone en movimiento para llevarla adelante.
“Somos todos acá del barrio”, resumió.
La autogestión es una elección que también atraviesa sus discos y su manera de entender el oficio.
“La vida misma me reafirma en continuar con la música y continuar haciendo mis discos, autogestionándome”.
En su relato, esa libertad tiene mucho que ver con poder reconocerse en lo que hace. Con elegir las canciones, organizar el viaje y llegar hasta quienes quieren escucharlas.
La recompensa está del otro lado del escenario
Al preguntarle qué siente cuando el público canta sus temas, el Tano habló de la recompensa de haber trascendido en el tiempo.
Hay canciones de sus primeros trabajos solistas que todavía interpreta y que la gente reconoce, espera y canta. Para él, allí aparece la respuesta a tantos años de esfuerzo: comprobar que lo que hizo permanece en la vida de otros.
“Ese es el premio más grande que puede recibir un trabajador de esto”, dijo.
La palabra “artista” le provoca cierta incomodidad. Prefiere pensarse como un trovador, alguien que se lanza a los caminos convencido de lo que busca.
También disfruta del encuentro fuera del escenario. Contó que, cuando llega a una ciudad y el cansancio del viaje se lo permite, deja el bolso en la habitación y sale a caminar. Conversa con quienes lo reconocen, pregunta por sus familias y se detiene para una foto.
Esa cercanía tiene algo de aquella noche mercedina: el tiempo compartido sigue siendo parte de la música.

La camioneta sigue andando
En Vive, su último disco con CTM, hay una canción que guarda buena parte de esta historia. Se llama “Mecha blanca” y está dedicada a la camioneta en la que viajan con los equipos por el país.
Todavía hay paradas para preparar algo de comer y estaciones de servicio cuyos trabajadores les hacen un lugar. La ruta continúa alimentando sus canciones: Marciello contó que primero compone la música y después escribe las letras, y que los viajes le acercan mucho de lo que necesita para escribir.
Ya tiene unas seis ideas musicales para un próximo trabajo. Su intención es concentrarse en dos y grabarlas como adelanto antes de que termine 2026. Si las fechas de la gira no dejan ese espacio, evalúa entrar al estudio durante enero o febrero y publicar material hacia marzo de 2027.
En ese proceso también comparte sus composiciones con Melina, Giuliano Noé y Leandro Radaelli. Una letra puede llegar de cualquiera de ellos y encontrar su lugar en la canción.
El futuro, para el Tano, tiene ensayos, kilómetros y música por terminar.
Este sábado, ese camino lo traerá nuevamente a San Luis. Lo espera un escenario y un público dispuesto a cantar una historia que también siente propia. Y él llegará con las canciones, sus compañeros y esa convicción que conserva desde los días de la primera guitarra: seguir.



